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En casi tres décadas ningún presidente electo había sido derrotado con su candidato en la presidencia del Senado
La elección de Honorio Henríquez marca un hecho histórico poco frecuente en la política de los últimos años.
La política colombiana suele enviar sus primeros mensajes mucho antes de que un presidente asuma formalmente el poder. Uno de esos momentos ocurre cada 20 de julio, cuando el Congreso instala un nuevo periodo legislativo y el Senado elige a su presidente, quien apenas dieciocho días después tendrá una de las responsabilidades protocolarias más importantes de la República: tomar el juramento al nuevo jefe de Estado, imponerle la banda presidencial y declarar oficialmente iniciado su mandato constitucional.
Por esa razón, la elección de la mesa directiva del Senado siempre ha sido interpretada como el primer examen de gobernabilidad del mandatario que está por llegar a la Casa de Nariño.
No se trata únicamente de una dignidad protocolaria. El presidente del Senado dirige el Congreso, fija buena parte de la agenda legislativa, conduce las sesiones conjuntas y se convierte en uno de los principales interlocutores institucionales del Gobierno nacional.
Además, la Ley 5 de 1992 y la tradición constitucional le asignan el papel de recibir el juramento presidencial y colocar la banda que simboliza el traspaso del poder.
Precisamente por ese simbolismo, la elección realizada en las últimas horas de este lunes adquirió una dimensión histórica.
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Contra todos los pronósticos del gobierno entrante, el Senado eligió como su presidente al senador Honorio Henríquez, del Centro Democrático, derrotando al candidato respaldado por el presidente electo Abelardo de la Espriella, el senador Alfredo Deluque.
La votación terminó convirtiéndose en la primera derrota política del mandatario antes incluso de haber tomado posesión del cargo.
Más allá de los nombres propios, el resultado rompió una constante que había caracterizado las transiciones presidenciales durante cerca de tres décadas.
Desde finales de los años noventa, los presidentes electos habían logrado construir acuerdos suficientes para que la primera presidencia del Senado no se convirtiera en un escenario de confrontación directa con el nuevo Ejecutivo.
Con Andrés Pastrana, elegido en 1998, el país vivía un ambiente de reorganización de mayorías alrededor del nuevo gobierno. Aunque el Congreso conservaba una fuerte presencia liberal, las negociaciones políticas evitaron que el inicio del mandato quedara marcado por un pulso institucional.
En 2002 ocurrió algo similar con Álvaro Uribe Vélez. A pesar de llegar como candidato independiente y sin un partido tradicional consolidado, el enorme respaldo electoral obtenido en primera vuelta le permitió construir rápidamente una mayoría parlamentaria que facilitó la relación con el Congreso desde el comienzo de su administración.
Cuatro años después, cuando Uribe obtuvo la reelección en 2006, el panorama legislativo era incluso más favorable. La denominada coalición uribista dominaba ampliamente el Capitolio y no existió una confrontación semejante en la elección de la mesa directiva.
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Juan Manuel Santos tampoco enfrentó un escenario de derrota anticipada. En 2010 conformó la llamada Unidad Nacional, una de las coaliciones parlamentarias más amplias de la historia reciente, integrada por los partidos Liberal, Conservador, Cambio Radical, Partido de la U y otras fuerzas políticas, lo que garantizó una transición legislativa estable. Esa mayoría volvió a acompañarlo tras su reelección en 2014.
Iván Duque, elegido en 2018, tampoco sufrió una derrota comparable antes de asumir el poder. Aunque posteriormente tendría enormes dificultades para consolidar mayorías permanentes, llegó a la Presidencia con acuerdos políticos suficientes para que la instalación del Congreso no representara un revés semejante.
La situación de Gustavo Petro en 2022 también fue distinta. Su llegada al poder estuvo acompañada por la conformación del denominado Acuerdo Nacional, mediante el cual incorporó a partidos tradicionales dentro de la coalición gubernamental.
Roy Barreras fue elegido presidente del Senado durante el primer año legislativo, convirtiéndose además en la figura encargada de imponer la banda presidencial al nuevo mandatario el 7 de agosto de ese año.
Ese recorrido histórico convierte el episodio de 2026 en un hecho singular. Abelardo de la Espriella ni siquiera había iniciado formalmente su mandato cuando comprobó que la mayoría parlamentaria que esperaba construir no existía en la práctica.
La derrota fue todavía más significativa porque involucró directamente al ministro del Interior designado, Rodrigo Lara, quien encabezó las gestiones políticas para respaldar la candidatura de Alfredo Deluque. El resultado evidenció que esas negociaciones no lograron consolidar una mayoría suficiente dentro del Senado.
El desenlace mostró además una configuración política inesperada. Sectores del Centro Democrático, el Pacto Histórico y otros partidos coincidieron en respaldar la candidatura de Honorio Henríquez, dejando aislada la estrategia impulsada por el gobierno entrante.
Esa convergencia permitió que Henríquez obtuviera una mayoría clara frente al candidato apoyado por De la Espriella, enviando un mensaje de independencia del Legislativo frente al nuevo Ejecutivo.
El simbolismo del episodio no puede minimizarse. Será precisamente Honorio Henríquez quien, el próximo 7 de agosto, presida la sesión solemne del Congreso Pleno, reciba el juramento constitucional de Abelardo de la Espriella, le imponga la banda presidencial y oficialice el inicio de su periodo presidencial, pese a haber llegado a esa dignidad derrotando al candidato respaldado por el propio mandatario electo.
En la práctica, la elección del presidente del Senado constituye el primer termómetro de gobernabilidad. Aunque esa dignidad no determina por sí sola el éxito o fracaso de un gobierno, sí refleja la capacidad del Ejecutivo para construir consensos dentro del Congreso y anticipa el ambiente político con el que comenzará la discusión de las reformas legislativas.
Durante las últimas décadas, la Presidencia del Senado ha estado ocupada por dirigentes que reflejaban las mayorías políticas de cada momento.
En el periodo 2022-2023 el cargo correspondió a Roy Barreras, del Pacto Histórico; posteriormente fue ejercido por Alexander López Maya, también del Pacto Histórico, tras la salida de Barreras; en 2023-2024 asumió Iván Name, de la Alianza Verde; en 2024-2025 fue elegido Efraín Cepeda, del Partido Conservador; en 2025-2026 ejerció Lidio García Turbay, del Partido Liberal; y desde el 20 de julio de 2026 la dignidad pasó a Honorio Henríquez, del Centro Democrático.
La historia política colombiana demuestra que la elección del presidente del Senado suele ser mucho más que un relevo administrativo dentro del Congreso.
Es el primer indicador del equilibrio de poderes que tendrá el nuevo gobierno. En esta oportunidad, ese indicador dejó un mensaje inequívoco: por primera vez en el periodo reciente, un presidente electo llegó a la antesala de su posesión habiendo perdido la batalla por la principal dignidad del Congreso, justamente la autoridad encargada de investirlo oficialmente como jefe de Estado.
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