Durante años, Alejandro Betancourt López construyó una carrera empresarial marcada por una aparente contradicción: mientras su nombre aparecía asociado a investigaciones, cuestionamientos y expedientes relacionados con el manejo de recursos públicos venezolanos, sus inversiones se extendían por el sector energético, financiero y tecnológico, atravesaban Europa y llegaban directamente a Colombia.
Hoy, con 46 años, el empresario venezolano vuelve a ocupar un lugar central en el mapa petrolero regional, esta vez como protagonista de la nueva arquitectura energética que Estados Unidos intenta construir en Venezuela.
Leopoldo Alejandro Betancourt López nació en Caracas en 1980. Antes de convertirse en uno de los empresarios venezolanos más conocidos de su generación estudió Economía y negocios internacionales en Suffolk University, en Boston, Estados Unidos.
Su trayectoria profesional comenzó precisamente alrededor del petróleo y la energía. Trabajó en ICC-OEOC, dedicada al comercio de petróleo y derivados, y posteriormente estuvo vinculado a BGB Energy, relacionada con Kawasaki Heavy Industries.
Según su hoja de vida empresarial, desde esos primeros años tuvo contacto con proyectos vinculados a Petróleos de Venezuela, PDVSA, y con negocios de infraestructura energética.
Sin embargo, su verdadero salto ocurrió durante una de las mayores crisis eléctricas de Venezuela. A finales de la primera década de este siglo, cuando el Gobierno de Hugo Chávez enfrentaba dificultades en el sistema de generación, Betancourt apareció junto con un grupo de jóvenes empresarios que comenzó a recibir contratos estatales por centenares de millones de dólares.
En ese contexto nació Derwick Associates, compañía fundada por Betancourt junto con Pedro Trebbau y otros socios.
La empresa consiguió en un periodo relativamente corto varios contratos para instalar plantas termoeléctricas destinadas a responder a la emergencia energética venezolana.
Fue entonces cuando comenzó a popularizarse alrededor de Betancourt y otros empresarios el término “bolichicos”, utilizado en Venezuela para identificar a una nueva generación de hombres de negocios cuyas fortunas crecieron durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro mediante negocios relacionados con el Estado.
Los contratos de Derwick se convirtieron después en objeto de controversia. Transparencia Venezuela ha sostenido que la compañía recibió alrededor de US$2.900 millones en presuntos sobrecostos relacionados con doce contratos obtenidos durante la emergencia eléctrica.
Betancourt y sus socios han rechazado durante años los señalamientos de irregularidades y el empresario no ha sido condenado penalmente por esos hechos.
Con la fortuna obtenida durante aquellos años, Betancourt amplió rápidamente sus intereses. Dejó de ser solamente un contratista eléctrico venezolano para convertirse en inversionista internacional.
Creó y dirigió O’Hara Administration, un vehículo mediante el cual realizó inversiones en petróleo, gas, banca, tecnología y otras actividades. También se convirtió en uno de los principales inversionistas de Hawkers, la compañía española de gafas que tuvo una rápida expansión internacional.
Aterrizaje en Colombia
Pero fue el petróleo el negocio que terminaría conectándolo de manera más profunda con Colombia.
La primera gran aparición pública de Betancourt en el sector petrolero colombiano ocurrió alrededor de Pacific Rubiales Energy, la compañía que durante varios años se convirtió en la mayor petrolera privada que operaba en Colombia y en uno de los protagonistas del auge petrolero del país.
En 2015, cuando Pacific atravesaba una compleja situación financiera como consecuencia, entre otros factores, del desplome internacional del precio del crudo, un grupo de inversionistas encabezado por O’Hara comenzó a comprar acciones de la compañía.
En cuestión de meses, el grupo relacionado con Betancourt llegó a controlar cerca del 20% de la petrolera. La participación no fue pasiva.
Pacific Rubiales había recibido una propuesta de adquisición encabezada por Alfa SAB, de México, y Harbour Energy.
El negocio valoraba la operación en aproximadamente $2.100 millones de dólares canadienses. Betancourt y el grupo O’Hara consideraron insuficiente el precio y encabezaron una ofensiva entre los accionistas para impedir la transacción.
La disputa llegó incluso a los tribunales canadienses. Pacific Rubiales anunció acciones judiciales contra las actuaciones impulsadas por O’Hara y Betancourt antes de la asamblea en la que debía votarse la operación. Finalmente, la propuesta de compra no prosperó.
Betancourt había pasado, en cuestión de meses, de ser prácticamente desconocido para buena parte del público colombiano a convertirse en uno de los hombres con mayor capacidad de influencia sobre el futuro de una de las principales compañías petroleras que operaban en el país.
O’Hara alcanzó aproximadamente el 19,95 % de Pacific y consiguió representación en su junta directiva. Betancourt entró personalmente a la dirección de la compañía en 2015, cuando Pacific Rubiales comenzaba a operar bajo el nombre Pacific Exploration & Production.
La historia, sin embargo, no terminó allí. Pacific atravesó posteriormente una profunda crisis financiera, se acogió a un proceso de reestructuración y terminó convertida en Frontera Energy.
Pero alrededor de los antiguos negocios de Pacific quedó una red de compañías, empresarios, activos e instalaciones que años después volvería a conectar el nombre de Alejandro Betancourt con Colombia.
Campo Rubiales
Uno de esos casos tiene como escenario Campo Rubiales, en el Meta. En octubre de 2012, Meta Petroleum Corp., entonces operadora de Campo Rubiales, suscribió contratos para las plantas Termomorichal I y Termomorichal II.
Los acuerdos contemplaban adquirir, instalar, poner en funcionamiento, operar, mantener y posteriormente transferir los activos utilizados para la conversión de energía eléctrica.
Cada proyecto tenía una inversión inicial estimada en US$68 millones. En marzo de 2013, el Consorcio Genser Power-Proeléctrica cedió su posición contractual a Termomorichal S.A.S. Años después, esas plantas terminarían en el centro de una controversia dentro de Ecopetrol.
En junio de 2024, la petrolera estatal colombiana pagó US$42 millones en una operación relacionada con esos activos.
El negocio generó cuestionamientos acerca de las condiciones contractuales bajo las cuales las plantas debían ser transferidas y posteriormente fue objeto de una auditoría de la Contraloría General de la República.
La propia documentación oficial de Ecopetrol reconstruye los contratos originales de Termomorichal y las condiciones bajo las cuales fueron estructurados.
Fue entonces cuando el nombre de Betancourt reapareció. En marzo de 2026 se conocieron documentos internos de cumplimiento de Ecopetrol relacionados con los beneficiarios reales de Genser Power Inc., sociedad registrada en las Islas Vírgenes Británicas que controla el 49% de Termomorichal S.A.S.
Según esa documentación, un informe de la Dirección Corporativa de Cumplimiento de Ecopetrol, fechado el 23 de octubre de 2024, identificó entre los beneficiarios reales de Genser Power a Leopoldo Alejandro Betancourt López y Francisco Convit Guruceaga.
La investigación también estableció que las alertas no eran completamente nuevas. Un proceso de debida diligencia interno fechado en junio de 2023 ya habría identificado vínculos de Betancourt y Convit con la estructura societaria relacionada con Termomorichal.
El caso Convit
La conexión resultaba especialmente sensible por los antecedentes judiciales internacionales que rodeaban a algunos integrantes de esa red empresarial.
Francisco Convit fue formalmente acusado en Estados Unidos dentro de la investigación por un esquema internacional mediante el cual, según el Departamento de Justicia estadounidense, aproximadamente US$1.200 millones habrían sido sustraídos de PDVSA mediante operaciones cambiarias, sobornos y fraude, para posteriormente ser sometidos a operaciones de lavado de dinero.
Los documentos judiciales estadounidenses describieron una red integrada por antiguos funcionarios de PDVSA, intermediarios financieros y empresarios venezolanos.
El Departamento de Justicia ha señalado que el esquema comenzó aproximadamente en diciembre de 2014 con unos US$600 millones y que para mayo de 2015 la cifra había aumentado hasta US$1.200 millones.
Al respecto se precisó que Alejandro Betancourt nada tuvo que ver en el asunto, según la propia justicia de Estados Unidos.
No obstante, España y Suiza han investigado operaciones relacionadas con presunto lavado de activos y movimientos de fondos provenientes de Venezuela.
En 2025, Betancourt fue detenido en Reino Unido en desarrollo de solicitudes vinculadas con esos procesos.
En España, una investigación fue archivada provisionalmente en marzo de 2026 por el juez Santiago Pedraz, decisión que posteriormente fue recurrida por la Fiscalía Anticorrupción. Betancourt ha negado las acusaciones y no registra una condena por esos hechos.
Fortalecimiento empresarial
Mientras las investigaciones avanzaban en Europa, el empresario siguió construyendo su posición dentro del negocio energético venezolano.
Su nueva plataforma es North American Blue Energy Partners, NABEP, compañía que ha conseguido una posición significativa en la producción privada de petróleo en Venezuela.
La empresa opera campos ubicados alrededor del lago de Maracaibo y en otras regiones petroleras y, según reportes internacionales recientes, se ha convertido en una de las mayores productoras privadas del país.
Ese crecimiento explica el nuevo capítulo de una trayectoria que comenzó con turbinas eléctricas durante el chavismo, pasó por Pacific Rubiales en Colombia y terminó colocando a Betancourt en medio de los nuevos intereses petroleros estadounidenses sobre Venezuela.
A finales de agosto, su nombre volvió al primer plano internacional se reveló que se había convertido en una figura relevante para la administración de Donald Trump en la identificación de activos petroleros, evaluación de campos y construcción de contactos empresariales necesarios para incrementar la producción venezolana.
El giro es significativo. El empresario que construyó buena parte de su fortuna durante el Gobierno de Hugo Chávez y que durante años estuvo asociado al fenómeno de los llamados “bolichicos” terminó convertido en interlocutor de Washington para reconstruir una industria petrolera devastada por años de desinversión, sanciones y deterioro operacional.
Esta relación alcanzó una dimensión todavía mayor. Estados Unidos anunció un acuerdo petrolero con Venezuela que involucra 17 campos y en el cual NABEP aparece como uno de los vehículos empresariales centrales.
En concreto, reportes internacionales de los últimos días, es decir, del 31 al primero de septiembre, de una participación estadounidense en la compañía de Betancourt, reforzando su papel dentro de la nueva estrategia petrolera impulsada desde Washington.
Así, más de quince años después de su aparición en los grandes contratos energéticos venezolanos, Alejandro Betancourt vuelve a encontrarse en el centro del poder petrolero regional. Y Colombia aparece varias veces en ese recorrido.
Primero estuvo Pacific Rubiales. Betancourt y O’Hara acumularon cerca de una quinta parte de la petrolera, bloquearon una operación de adquisición multimillonaria y obtuvieron representación en su junta directiva.
Después aparecieron los activos y sociedades provenientes del ecosistema empresarial construido alrededor de Campo Rubiales.
Finalmente, documentos internos conocidos años después relacionaron su nombre con Genser Power, accionista del 49 % de Termomorichal, la compañía involucrada en la operación mediante la cual Ecopetrol pagó US$42 millones por las plantas de generación ubicadas en ese campo.
Son episodios separados por casi una década, pero conectados por nombres, sociedades y activos que formaron parte de una de las etapas de mayor expansión del negocio petrolero privado en Colombia.
La trayectoria de Betancourt también muestra hasta qué punto las fronteras empresariales del petróleo venezolano y colombiano han estado entrelazadas.
Los antiguos ejecutivos y accionistas de Pacific Rubiales, las sociedades creadas alrededor de sus operaciones, los activos energéticos de Campo Rubiales y los inversionistas venezolanos que participaron en la petrolera terminaron formando una red cuyos efectos empresariales continuaron mucho después de que Pacific desapareciera bajo ese nombre.
Betancourt ha sobrevivido políticamente a Hugo Chávez, Nicolás Maduro, las investigaciones internacionales, la crisis de Pacific Rubiales y los cambios de gobierno en Washington y Caracas.
Ha pasado de vender turbinas a controlar inversiones petroleras, de disputar una petrolera colombiana desde una asamblea de accionistas a convertirse en uno de los empresarios con acceso a las nuevas negociaciones sobre las reservas de Venezuela.
Su historia colombiana, por eso, no se limita a una inversión financiera realizada hace once años. Su nombre quedó vinculado al antiguo universo de Pacific Rubiales y reapareció después alrededor de activos de Campo Rubiales que terminaron relacionados con Ecopetrol.
Ahora, mientras Washington vuelve la mirada hacia las enormes reservas venezolanas, el empresario de 46 años se encuentra nuevamente en una posición que conoce desde muy joven: situado entre el poder político, los grandes contratos y algunos de los negocios energéticos más valiosos de América Latina.
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