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Mundial 2026: la tormenta de los precios que persigue a la Fifa de Gianni Infantino
Cuestionamientos por el costo de las boletas y hoteles. El directivo responde.
La Copa Mundial de la FIFA de 2026 todavía no comienza, pero ya enfrenta una de las mayores controversias económicas en la historia del fútbol moderno. A poco más de un mes del inicio del torneo que se disputará en Estados Unidos, Canadá y México, las críticas contra la FIFA y su presidente, Gianni Infantino, aumentan por el elevado costo de las boletas, los paquetes de hospitalidad y las tarifas hoteleras que deberán asumir millones de aficionados.
El certamen será el primero con 48 selecciones y 104 partidos, un formato expandido que la FIFA presenta como el Mundial “más inclusivo” de todos los tiempos. Sin embargo, organizaciones de aficionados, analistas económicos y hasta dirigentes políticos consideran que el torneo terminó convirtiéndose en un espectáculo pensado para consumidores de alto poder adquisitivo y no para los seguidores tradicionales del fútbol.
La discusión explotó después de que comenzaran a circular precios oficiales y de reventa para partidos de alta demanda.
Según distintos reportes internacionales, algunas entradas para la final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey superaron los 11.000 dólares en venta oficial y llegaron a ser ofrecidas en plataformas secundarias por cifras cercanas a los dos millones de dólares.
Frente a la avalancha de críticas, Gianni Infantino salió públicamente a defender la estrategia comercial de la FIFA.
Durante intervenciones recientes en el Milken Institute Global Conference y en otros eventos internacionales, el dirigente suizo aseguró que Estados Unidos representa “un mercado muy especial” y que el comportamiento de precios responde a la dinámica habitual del entretenimiento deportivo estadounidense.
Infantino argumentó que si la FIFA colocara precios demasiado bajos, los revendedores terminarían capturando las ganancias. Según explicó, la organización prefirió asumir directamente el modelo de precios variables y la reventa controlada a través de su propia plataforma oficial.
Además, defendió que la demanda es “absolutamente loca”, afirmando que la FIFA recibió cerca de 150 millones de solicitudes de entradas en apenas dos semanas.
Las declaraciones del presidente de la FIFA terminaron alimentando aún más la controversia.
En una de sus frases más comentadas, Infantino aseguró que en Estados Unidos incluso los partidos universitarios superan fácilmente los 300 dólares, una afirmación que varios medios estadounidenses desmintieron rápidamente al comparar precios reales de eventos deportivos universitarios y de la NFL.
El dirigente incluso recurrió al humor para intentar bajar la tensión. “Si alguien paga dos millones de dólares por una entrada, yo mismo le llevo un hot dog y una Coca-Cola”, dijo en tono irónico al referirse a la reventa para la final del Mundial.
La frase se viralizó rápidamente en redes sociales y fue interpretada por muchos aficionados como una muestra de desconexión entre la dirigencia de la FIFA y los hinchas comunes.
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Las críticas no solo provienen de los aficionados. En Estados Unidos, legisladores demócratas cuestionaron el sistema de precios dinámicos implementado por la FIFA y pidieron medidas para garantizar accesibilidad.
Incluso Donald Trump, en declaraciones recientes, aseguró que él mismo no pagaría más de mil dólares para asistir a un partido del Mundial.
La presión pública llevó a la FIFA a anunciar una limitada categoría de entradas de 60 dólares para algunos encuentros.
Aunque la organización presentó la medida como un esfuerzo por facilitar el acceso al torneo, grupos de aficionados consideran que se trata apenas de una respuesta simbólica frente a un sistema que sigue privilegiando los paquetes premium y las experiencias VIP.
En paralelo al escándalo de las boletas, otro problema comienza a preocupar a las autoridades locales y a los organizadores: los costos de alojamiento. Ciudades sede en Estados Unidos ya registran incrementos significativos en tarifas hoteleras y alquileres temporales, mientras algunos análisis turísticos advierten que las reservas no están creciendo al ritmo esperado debido precisamente a los altos costos generales del viaje.
Nueva York, una de las principales sedes del campeonato y escenario de la final, enfrenta una situación paradójica.
Aunque se esperaba una avalancha de reservas internacionales, reportes recientes señalan que menos del 20 % de las habitaciones disponibles para fechas del Mundial estaban reservadas hasta abril de 2026.
Expertos atribuyen esa desaceleración a la incertidumbre económica global, las restricciones migratorias y el costo total que implica asistir al torneo.
La FIFA, mientras tanto, sigue ampliando su negocio de hospitalidad. Los paquetes VIP, que incluyen suites privadas, catering premium y experiencias exclusivas, se convirtieron en una de las grandes apuestas financieras del organismo. Algunos planes superan varios miles de dólares y están dirigidos principalmente a empresas y clientes corporativos.
Para los críticos, el problema va más allá del precio de una entrada. Lo que está en discusión es el modelo de Mundial que impulsa la administración de Infantino: un torneo concebido como un gigantesco espectáculo comercial global, donde el acceso del aficionado tradicional parece quedar relegado frente al turismo de lujo y los negocios corporativos.
La FIFA sostiene que los ingresos extraordinarios del Mundial permiten financiar programas de desarrollo del fútbol en decenas de países y asegura que gran parte de las ganancias regresan al deporte.
Sin embargo, las organizaciones de aficionados europeos han llegado incluso a presentar reclamos formales contra la política de precios, calificándola de “extorsiva” y “astronómica”.
Con más de cinco millones de entradas vendidas y una expectativa de ingresos récord, el Mundial de 2026 promete romper marcas dentro y fuera de la cancha. Pero también amenaza con consolidar una percepción que crece entre miles de aficionados alrededor del mundo: que la Copa del Mundo dejó de ser una fiesta popular para convertirse en un lujo cada vez más inaccesible.
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