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La polémica historia del petrolero que quiere adoptar los hipopótamos que dejó Pablo Escobar en Colombia

Ministerio de Ambiente anunció su eutanasia pero un controvertido empresario intenta llevarlos a un santuario dentro de un complejo petroquímico.

Anant Ambani, hijo de Mukesh Ambani, el hombre más rico de India
Por Agencia Periodismo Investigativo | Mar, 28/04/2026 - 12:09 Créditos: Anant Ambani, hijo de Mukesh Ambani, el hombre más rico de India. Tomada de redes sociales

La historia de los hipopótamos de Pablo Escobar volvió a cruzarse con una ruta global de poder, petróleo y fauna silvestre. El Gobierno colombiano activó el pasado 13 de abril un plan de choque para controlar la expansión de estos animales invasores e incorporó por primera vez un protocolo técnico de eutanasia dentro de una estrategia que combina translocación y control letal. Según el Ministerio de Ambiente, la decisión busca frenar el crecimiento de una población que amenaza ecosistemas del Magdalena Medio y especies nativas.

La medida contempla intervenir al menos 80 ejemplares durante el segundo semestre de 2026. La discusión, sin embargo, dio un giro inesperado cuando Anant Ambani, hijo de Mukesh Ambani —el hombre más rico de India—, ofreció recibir esos hipopótamos en Vantara, el gigantesco centro de fauna que dirige en Jamnagar, estado de Guyarat. The Times informó que Ambani planteó una relocalización veterinaria para evitar el sacrificio de los animales, descendientes de los cuatro hipopótamos que Escobar introdujo ilegalmente en Colombia en los años ochenta.

Pero Vantara no es un refugio cualquiera. Meses antes, una investigación de Armando.info y el Süddeutsche Zeitung reveló que ese centro, presentado como santuario, opera dentro del complejo de refinación petroquímica de Reliance Industries, conglomerado de Mukesh Ambani y comprador relevante de petróleo venezolano.

La investigación documentó que Venezuela exportó en 2024 miles de animales silvestres a Greens Zoological Rescue & Rehabilitation Center y Radhe Krishna Temple Elephant Welfare Trust, organizaciones vinculadas a Vantara.

El caso venezolano muestra la otra cara del supuesto paraíso animal. El 18 de mayo de 2024, desde el aeropuerto de Maiquetía, estaba listo para despegar un Boeing 767 de la aerolínea polaca SkyTaxi con 1.825 animales vivos de 62 especies: caimanes del Orinoco, nutrias gigantes, ocelotes, guacamayas, águilas harpías, osos hormigueros gigantes, dantas, monos araña, monos capuchinos, tortugas arrau y hasta turpiales, ave nacional de Venezuela. El destino era India. Las facturas 0298 y 0299, fechadas el 17 de mayo de 2024, fueron emitidas por el Criadero San Antonio Abad a nombre de Greens y Radhe.

Los hipopótamos se han convertido en una especie invasora en la región. Tomado de redes sociales

 

La investigación identificó a Vantara como un proyecto de escala colosal: inaugurado el 5 de marzo de 2024, se presenta como el mayor santuario de fauna de India, con cifras que la prensa india ha estimado en cerca de 150.000 animales de unas 1.200 especies, entre ellos 200 elefantes, 300 felinos, 1.200 reptiles y más de 3.000 herbívoros.

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También cuenta con un hospital de elefantes dotado con piscinas de hidroterapia, cocina especial y centro de masaje ayurvédico. Pero el reportaje advirtió que nadie puede certificar con independencia esas cifras, ni conocer la mortalidad interna, las condiciones de confinamiento, eventuales experimentos, reproducción sin control o posibles efectos de las emanaciones del complejo petroquímico contiguo.

El nombre central detrás de Vantara es Anant Ambani, hijo menor de Mukesh Ambani. El padre preside Reliance Industries y, según Forbes citado en la investigación, acumulaba en 2024 una fortuna cercana a 120.000 millones de dólares. Además, mantiene vínculos estrechos con el primer ministro Narendra Modi, quien inauguró personalmente el zoológico de Jamnagar.

La ostentación familiar también quedó expuesta en la boda de Anant Ambani, celebrada durante varios meses de 2024, con invitados como Mark Zuckerberg, Bill Gates e Ivanka Trump, un concierto de Rihanna y una fiesta con temática safari en las instalaciones de Vantara.

El flujo venezolano hacia ese centro fue masivo. Según cifras aduaneras indias, entre mayo y diciembre de 2024 Venezuela exportó 5.359 animales silvestres a Greens y Radhe, lo que convirtió al país en el segundo proveedor de fauna silvestre para Vantara, solo por detrás de Emiratos Árabes Unidos.

Refinería de Reliance Industries. Tomada de redes sociales

 

De ese total, 3.300 animales —52 %— salieron del Criadero San Antonio Abad, entre ellos especies del Apéndice I de Cites, como nutrias gigantes, guacamayas verde militar y guacamayas bandera, sujetas al mayor nivel de control por su grado de amenaza.

Otro actor fue el Centro de Conservación Ex Situ de Rescate, Rehabilitación y Zoocriadero Ecogreen & Vida C.A., relacionado con el grupo San Antonio Abad. Compartía RIF y sede en un galpón industrial de Cúa, estado Miranda, donde no se encontró letreros del zoocriadero sino avisos de empresas de jaulas, alimentos y accesorios para aves y mascotas vinculadas al entorno empresarial de la familia Faría Vieira.

Ese centro exportó 2.059 especímenes a Vantara, equivalentes al 38 % del total enviado desde Venezuela a India en 2024, incluidos ocelotes, pumas, caimanes del Orinoco, nutrias gigantes, anacondas, dantas y monos aulladores.

La pregunta que atraviesa la investigación es de dónde salieron tantos animales. Luis Miguel Faría Vieira, representante legal del Criadero San Antonio Abad, sostuvo que provenían de intercambios entre centros, nacimientos frecuentes, incautaciones y entregas voluntarias reportadas ante la autoridad Cites venezolana. Pero se negó a entregar cifras o métodos concretos de recopilación, alegando confidencialidad. Admitió, además, que la relación con Vantara venía desde 2022.

El Ministerio de Ecosocialismo venezolano defendió la legalidad de los envíos. Juan Carlos Santander, director de Diversidad Biológica y autoridad Cites en Venezuela, dijo que las transferencias a India se hicieron con permisos válidos, dictámenes de extracción no perjudicial y adquisición legal, controles sanitarios y cuarentenas.

Pablo Escobar Gaviria. Tomada de redes sociales

 

Pero la investigación subrayó un conflicto de interés: el mismo ministerio que regula y autoriza estos movimientos también promueve alianzas con zoocriaderos privados como San Antonio Abad.

La trazabilidad tampoco quedó despejada. Armando.info comparó facturas de exportación con registros de aduana en India y halló diferencias: en un envío de 708 animales comprados por Greens, llegaron 657; en otro, de 1.107 ejemplares destinados a Radhe, arribaron 1.076.

En total, 82 animales no aparecen reflejados en los registros de recepción revisados. Faría negó muertes durante el transporte y aseguró que todos los animales llegaron vivos, aunque los documentos citados por la investigación indicaban discrepancias.

El avión utilizado, un Boeing 767-300F de SkyTaxi, también añade otra sombra. La aerolínea polaca ha sido señalada por organizaciones animalistas por transportar fauna silvestre, incluidos macacos destinados a laboratorios.

Según la investigación, fue multada en Canadá en octubre de 2024 por tres viajes con permisos de exportación falsificados de Camboya.

Por eso, el ofrecimiento de los Ambani para recibir los hipopótamos colombianos no puede leerse solo como un gesto filantrópico. Colombia enfrenta un problema real: los hipopótamos se han reproducido sin control, se han expandido por el Magdalena Medio y, según el Gobierno, amenazan especies nativas como el manatí y la tortuga de río; de no intervenir, las proyecciones oficiales apuntan a una población mucho mayor en la próxima década.

Pero el supuesto salvavidas indio conduce a un destino ya cuestionado por acumulación vertiginosa de fauna, opacidad, vínculos con intereses petroleros y antecedentes de importaciones masivas desde Venezuela.

En otras palabras, los hipopótamos de Escobar podrían pasar de ser el símbolo de una irresponsabilidad narcotraficante en Colombia a formar parte de una colección global levantada por una de las familias más poderosas de Asia.

La paradoja es brutal: unos animales introducidos ilegalmente por un capo colombiano terminaron convertidos en problema ecológico nacional; y ahora su eventual rescate depende de un emporio privado que ya fue señalado por recibir miles de ejemplares silvestres bajo un esquema de permisos, facturas, zoocriaderos y rutas aéreas que ambientalistas ven como una forma sofisticada de tráfico de fauna de alto nivel.

La decisión final sobre los hipopótamos sigue en manos de Colombia. Pero el debate ya no es solo si se les aplica eutanasia, se esterilizan o se trasladan.

La pregunta de fondo es si el país resolverá una crisis ambiental entregando parte del problema a otro modelo de encierro, lujo y opacidad: un zoológico disfrazado de santuario, levantado junto a una refinería, financiado por petróleo y alimentado por la fauna silvestre de América Latina.

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