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Germán Vargas Lleras: los dos atentados de las Farc que marcaron su vida política y personal

El libro bomba y el carro bomba a los que sobrevivió.

German Vargas Lleras jun 23 24
Por Agencia Periodismo Investigativo | Vie, 08/05/2026 - 20:40 Créditos: Imagen tomada de El Espectador

La muerte del exvicepresidente Germán Vargas Lleras, ocurrida este viernes en Bogotá, reabrió uno de los capítulos más violentos de la confrontación entre la dirigencia política colombiana y las extintas Farc: los dos atentados terroristas que sufrió entre 2002 y 2005 y que terminaron convirtiéndolo en víctima reconocida ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

Durante más de dos décadas, Vargas Lleras cargó las secuelas físicas y políticas de esos ataques. El primero le amputó varios dedos de una mano; el segundo casi lo mata en el norte de Bogotá mediante un carro bomba activado a pocos metros de su vehículo blindado.

Ambos hechos fueron atribuidos a la Red Urbana Antonio Nariño (RUAN) de las Farc, estructura especializada en operaciones urbanas y terrorismo selectivo.

Su fallecimiento también reactivó el debate sobre el alcance de la violencia insurgente en las ciudades y la estrategia de presión política que las Farc desplegaron a comienzos de los años 2000 contra figuras consideradas símbolos del establecimiento.

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El primer ataque ocurrió el 13 de diciembre de 2002. Vargas Lleras era entonces senador de la República y uno de los dirigentes más visibles de oposición frente a las Farc durante el inicio de la política de seguridad democrática del gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Ese día recibió un paquete en su oficina del Congreso. Dentro había un libro bomba que logró atravesar los controles de seguridad del Capitolio Nacional. Cuando el político abrió el paquete, el explosivo detonó.

La explosión le destruyó parcialmente la mano izquierda y le provocó heridas severas en brazos y rostro. Años después, el propio Vargas Lleras describió el momento como “un ruido demencial, un dolor infinito y mucha sangre”.

Las investigaciones posteriores concluyeron que el atentado fue planeado por integrantes de las redes urbanas de las Farc, que para entonces habían intensificado el uso de explosivos artesanales, paquetes bomba y atentados dirigidos contra funcionarios públicos, periodistas y dirigentes políticos.

El ataque tuvo un enorme impacto político por varias razones evidenció graves fallas en la seguridad del Congreso,  mostró la capacidad de infiltración urbana de las Farc en Bogotá; convirtió a Vargas Lleras en uno de los políticos más visibles afectados directamente por el terrorismo guerrillero.

El entonces senador debió someterse a múltiples cirugías reconstructivas y terapias de rehabilitación. Perdió varios dedos y quedó con secuelas permanentes en una de sus manos. Tres años después ocurrió el segundo atentado.

La noche del 10 de octubre de 2005, Vargas Lleras salió de las instalaciones de Caracol Radio, en Bogotá, después de una entrevista. Minutos después explotó un vehículo cargado con explosivos al paso de su caravana.

La detonación dejó al menos nueve personas heridas, entre ellas miembros de su esquema de seguridad. Aunque el entonces senador sobrevivió, el ataque destruyó vehículos y causó daños en varios inmuebles del sector.

Las autoridades concluyeron que el atentado había sido ejecutado mediante un carro bomba activado a distancia, una modalidad usada con frecuencia por las Farc durante esos años en zonas urbanas.

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La operación contra Vargas Lleras coincidió con una etapa de escalamiento terrorista de las Farc en Bogotá, que incluyó ataques con explosivos, bicicletas bomba y atentados contra infraestructura y personalidades públicas.

Décadas después, exmiembros de las Farc terminaron reconociendo su participación en ambos ataques durante comparecencias ante la JEP.

Las confesiones hicieron parte de procesos relacionados con el Caso 10 de la justicia transicional, que investiga crímenes no amnistiables cometidos por la antigua guerrilla.

A partir de esos reconocimientos, la JEP acreditó formalmente a Germán Vargas Lleras como víctima de las Farc.

La Sala de Reconocimiento concluyó que existían elementos suficientes para considerar que los ataques fueron dirigidos específicamente contra él y que constituyeron graves violaciones al Derecho Internacional Humanitario.

Los ataques contra Vargas Lleras ocurrieron en uno de los momentos más intensos del conflicto armado colombiano.

En 2002, las Farc enfrentaban el colapso del proceso del Caguán y la ofensiva militar del Estado. En respuesta, incrementaron operaciones urbanas y atentados selectivos.

Diversos estudios sobre conflicto armado y terrorismo insurgente han descrito esa fase como un período de adaptación táctica hacia estructuras celulares urbanas y acciones de alto simbolismo político.

Vargas Lleras se convirtió en uno de los principales objetivo  de la entonces considerada organización terrorista por  su discurso abiertamente contrario a las Farc; su cercanía política con sectores partidarios de una línea dura militar; su creciente protagonismo nacional; su condición de heredero de una de las familias políticas tradicionales del país.

Tras sobrevivir a los atentados, el dirigente fortaleció su imagen de político resistente y endureció aún más su postura frente a cualquier negociación con la guerrilla.

Aunque años después respaldó parcialmente el proceso de paz del gobierno Santos, mantuvo críticas severas hacia varios puntos del acuerdo firmado con las Farc.

La historia política de Vargas Lleras quedó atravesada por esos dos atentados.

Incluso durante su vicepresidencia seguía mostrando las secuelas físicas del libro bomba.

En distintos escenarios habló sobre el trauma psicológico que dejaron los ataques y sobre la sensación de vulnerabilidad permanente que enfrentó desde entonces.

Paradójicamente, décadas después terminó siendo reconocido oficialmente como víctima dentro del sistema de justicia transicional derivado del acuerdo de paz.

Su muerte, ocurrida tras varios meses de complicaciones de salud asociadas a un cáncer y problemas neurológicos, provocó reacciones desde todos los sectores políticos colombianos.

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