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Rodrigo Contreras, el argentino que silenció el Atanasio y metió a Millonarios en fase de grupos de la Sudamericana

Protagonizó una noche épica, golazo, gol y propició penalti para el 1-3 de los embajadores a Nacional en Medellín. Su historia.

Rodrigo Contreras
Por Agencia Periodismo Investigativo | Jue, 05/03/2026 - 07:21 Créditos: Rodrigo Contreras. Tomada de Millonarios FC

La noche en Medellín se fue escribiendo en un idioma que Millonarios venía buscando desde el arranque de la temporada: el del gol oportuno, el de la calma en un escenario hostil y el de un delantero capaz de convertir un partido único, de eliminación directa, en una historia con nombre propio.

En el Atanasio Girardot, ante Atlético Nacional, Rodrigo Contreras no solo marcó dos veces: instaló a Millonarios en la fase de grupos de la Copa Sudamericana con un 3-1 que cambió el tono del semestre y dejó una fotografía que el club necesitaba para sostener su proyecto deportivo.

Contreras llegó a Bogotá con una etiqueta habitual para los atacantes que aterrizan a un club grande: la de la urgencia. Millonarios lo anunció como nuevo jugador tras exámenes médicos y documentación, y detalló que venía procedente de Universidad de Chile, en condición de préstamo por un año con opción de compra.

En ese mismo comunicado, el club trazó una línea de tiempo que ayuda a entender por qué su fichaje no fue una apuesta improvisada, sino una decisión de recorrido: nacido el 27 de octubre de 1995 en San Miguel de Tucumán, debutó profesionalmente en San Lorenzo y después pasó por Gimnasia, SC Braga B, Quilmes, Arsenal de Sarandí, Antofagasta, Necaxa, Aldosivi, Defensa y Justicia, Platense, Everton y, más recientemente, la U de Chile, con la que obtuvo la Supercopa de ese país.

En el papel, esa lista puede parecer una suma de camisetas. En la cancha, suele traducirse en una cosa: adaptación. Un delantero que ha cambiado de liga, de estilos defensivos, de ritmos y de contextos competitivos, aprende a sobrevivir en áreas distintas.

Millonarios, en su presentación oficial, definió el perfil con términos que suelen tener sentido solo cuando se ven: “posicionamiento dentro del área”, lectura de espacios, movilidad y eficacia de cara al gol. Y añadió un dato de selección que completa su hoja de vida: experiencia con Argentina Sub-20 y el título del Sudamericano 2015.

Pero la crónica real de su llegada no se termina en el comunicado. En Colombia, el delantero argentino empezó a ser medido por el termómetro más simple: si podía responder cuando el calendario dejaba de ser un listado y se convertía en presión.

Y la Sudamericana —por formato y por contexto— es una prueba que no admite correcciones: un partido, un clasificado, un eliminado.

En Medellín, Millonarios necesitaba más que orden; necesitaba una acción que rompiera la inercia del juego, porque Nacional, con su localía y su obligación, empuja partidos a un terreno incómodo.

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El reloj del encuentro registró lo que después se repetiría en titulares y análisis: Contreras abrió el marcador al minuto 20; Nacional empató al 27 con Nicolás Rodríguez; Millonarios volvió a ponerse arriba con un penal de Leonardo Castro al 41; y Contreras sentenció el 3-1 al 74. No fue una victoria de administración mínima. Fue un partido con momentos que exigían respuestas inmediatas.

El primer gol de Contreras, además, no quedó instalado como “uno más” en una planilla. La reseña del juego publicada por AS describió que fue una anotación desde larga distancia, con el arco rival expuesto por la posición adelantada del portero.

Ese tipo de lectura no pertenece solo a la técnica de pegada, sino a un rasgo que suele separar delanteros que “llegan” de delanteros que “se quedan”: entender el partido en tiempo real, detectar el desorden del rival y decidir sin dudar.

En un estadio que suele castigar cualquier error con un aumento de volumen, el silencio también juega: llega cuando un gol desarma el guion local.

El empate de Nacional no cambió el diagnóstico de fondo: el partido iba a tener tramos de dominio local, pero Millonarios estaba encontrando vías para lastimar.

El penal convertido por Leonardo Castro antes del descanso sostuvo la ventaja y acomodó el segundo tiempo en el terreno que mejor administran los equipos que viajan a escenarios de alta presión: defensa compacta, cortes a tiempo, transiciones rápidas y un delantero listo para correr el espacio que aparece cuando el rival se parte buscando el empate.

Ahí aparece el segundo gol de Contreras, al 74, descrito como una acción de velocidad y definición en una salida rápida.

En ese punto, su partido ya no se leía solo por los goles, sino por la forma en que los consiguió: uno desde lejos, de lectura; el otro, de potencia y resolución en transición.

Dos formas distintas de gol en una misma noche, en un mismo partido decisivo. Eso es lo que convierte una clasificación en relato: no es únicamente el resultado, sino el modo en que se obtiene.

La historia de Contreras también se sostiene en un antecedente que explica por qué Millonarios fue por él: su etapa reciente en Chile, donde alcanzó registro de goleador en el ascenso con Deportes Antofagasta.

Ese episodio es importante no solo por la cifra, sino por el tipo de competencia: torneos largos, canchas difíciles, defensas cerradas, semanas donde el delantero debe repetir la misma tarea sin excusas.

En los clubes grandes, ese aprendizaje no se celebra en la previa, pero se agradece cuando llega el partido que define un semestre.

Así, en Medellín, la clasificación a fase de grupos quedó amarrada a una narrativa clara: Millonarios viajó, compitió, golpeó primero, resistió el empate, recuperó la ventaja antes del descanso y remató con su figura de la noche.

Su actuación se resume como un triunfo “3-1” con doblete de Contreras y boleto a grupos. En términos de temporada, ese logro cambia el tipo de exigencia que viene: ya no es “llegar”, es sostener. Y en esa transición —del fichaje al determinante— Contreras consiguió lo que a un delantero se le exige para volverse referencia: aparecer cuando el margen es mínimo y el partido no se repite.

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