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Bogotá, entre el sol, el calor y el aguacero: las razones detrás de los cambios bruscos del clima
Expertos explican qué es lo que está pasando en la capital.
Bogotá puede amanecer con frío, recibir varias horas de sol, superar los 20 grados centígrados y terminar la tarde bajo un aguacero, una tormenta eléctrica o incluso una granizada.
Los cambios que durante los últimos días han sorprendido a los habitantes de la capital no son producto de un solo fenómeno: octubre coincide con la segunda temporada de lluvias, mientras Colombia se encuentra bajo condiciones de El Niño y sobre la Sabana interactúan humedad, calentamiento durante el día, vientos y sistemas atmosféricos capaces de transformar el estado del tiempo en pocas horas.
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El contraste quedó particularmente expuesto este lunes 5 de octubre. Durante la mañana, sectores de Bogotá alcanzaron temperaturas cercanas a los 24 °C y posteriormente se registraron lluvias intensas y granizo en el occidente de la ciudad.
El Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático, Idiger, informó que el fenómeno afectó localidades como Kennedy, Engativá y sectores de Suba, después de una mañana cálida y del ingreso de humedad hacia la capital.
Aunque para un ciudadano puede resultar contradictorio pasar en cuestión de horas del sol intenso a una tormenta, la explicación meteorológica muestra que ambos fenómenos pueden estar relacionados.
El calentamiento de la superficie durante las horas de mayor radiación favorece el ascenso del aire. Cuando existe suficiente humedad disponible en la atmósfera, ese aire asciende, se enfría y el vapor de agua se condensa, formando nubes de gran desarrollo vertical capaces de producir lluvias fuertes, tormentas eléctricas y, cuando existen las condiciones necesarias dentro de la nube, granizo.
Investigaciones de la Universidad Nacional de Colombia sobre la atmósfera de la Sabana han estudiado precisamente estos procesos de convección.
El ingeniero ambiental y magíster en Meteorología Alejandro Casallas García explicó que la convección corresponde al ascenso del aire que ocasiona el desarrollo de nubes y precipitación. Los eventos más intensos producen grandes estructuras nubosas asociadas con lluvias y tormentas.
De acuerdo con esa investigación, los episodios de convección profunda se presentan aproximadamente durante el 25 % de los días del año en la Sabana y son más frecuentes, precisamente, durante marzo, abril, mayo, septiembre, octubre y noviembre.
Octubre, por tanto, no es un mes cualquiera dentro del calendario climático bogotano. La capital tiene un régimen de lluvias caracterizado por dos periodos de mayores precipitaciones durante el año.
Según el Idiger, el primero ocurre, en promedio, desde mediados de marzo hasta mediados de junio, con máximos entre abril y mayo. El segundo comienza hacia mediados de septiembre y se prolonga aproximadamente hasta mediados de diciembre, con octubre y noviembre entre los meses de mayores volúmenes de precipitación.
Detrás de ese comportamiento se encuentra, entre otros factores, la Zona de Confluencia Intertropical, ZCIT, una franja de la atmósfera en la que convergen los vientos alisios y cuya migración sobre el territorio colombiano contribuye a determinar las temporadas lluviosas de la región Andina.
Bogotá, además de encontrarse en la zona tropical, está situada sobre una altiplanicie a más de 2.600 metros sobre el nivel del mar y rodeada por una topografía que interviene en la circulación del aire y la distribución de las precipitaciones.
El Idiger explica que la climatología de Bogotá está influenciada por la confluencia de los vientos alisios del noreste y del sureste. A esa dinámica estacional se suman otros sistemas atmosféricos capaces de modificar el comportamiento del tiempo durante periodos más cortos.
Entre ellos están la Oscilación Madden-Julian, ondas atmosféricas y otros mecanismos que pueden favorecer episodios de lluvias persistentes o, por el contrario, abrir intervalos secos dentro de una temporada que climatológicamente debería ser lluviosa.
Allí aparece una de las claves para entender la sensación de que el tiempo en Bogotá se ha vuelto especialmente variable: estar en temporada de lluvias no significa que tenga que llover permanentemente, de la misma manera que la presencia de El Niño no significa que desaparezcan los aguaceros.
El Ideam hizo esta precisión el 1.º de octubre al advertir que Colombia atraviesa la segunda temporada de mayores lluvias mientras, simultáneamente, el océano y la atmósfera muestran condiciones de El Niño.
El instituto señaló expresamente que ambas situaciones no son contradictorias y recordó que El Niño puede modificar los patrones de precipitación y temperatura, pero sus efectos no se manifiestan de igual forma ni con la misma intensidad en todo el territorio.
El seguimiento oficial del Ideam indicaba, en su actualización del 10 de septiembre, la persistencia de condiciones de El Niño y una tendencia de fortalecimiento durante el último trimestre de 2026.
En Bogotá, esa superposición resulta particularmente importante. Por un lado está el ciclo climatológico propio de octubre, que favorece las precipitaciones.
Por otro, El Niño tiende históricamente a disminuir las lluvias en sectores de la región Andina y puede favorecer periodos más secos y temperaturas elevadas. Eso no elimina los mecanismos locales y regionales que producen tormentas.
El resultado puede ser una sucesión de contrastes: horas secas y cálidas seguidas por acumulación de humedad, crecimiento acelerado de nubosidad y precipitaciones localmente intensas.
El calor de la mañana tampoco constituye necesariamente una señal de que la tarde será seca. Puede ocurrir exactamente lo contrario.
El Idiger ha explicado que las mañanas bogotanas suelen comenzar alrededor de los 10 °C y que, a medida que avanza el día y aumenta el calentamiento, las temperaturas pueden acercarse a los 19 °C o 20 °C.
Históricamente, algunos de los eventos de lluvia más intensos de la capital se concentran entre el mediodía y las 4:00 de la tarde. Durante las temporadas lluviosas, sin embargo, las precipitaciones también pueden ocurrir en la madrugada, la mañana o la noche.
Octubre presenta además otra particularidad: aumenta la actividad eléctrica. Los análisis climáticos realizados con estaciones del Idiger, Ideam y la Secretaría Distrital de Ambiente han identificado a abril y octubre como meses en los que se intensifican las tormentas eléctricas, con una concentración importante de descargas entre el mediodía y las 4:00 de la tarde.
La física detrás del fenómeno ayuda a explicar escenas como las registradas este lunes. Una mañana soleada permite que la superficie reciba energía y se caliente.
El aire próximo al suelo también aumenta su temperatura y puede ascender. Si encuentra una atmósfera suficientemente húmeda e inestable, comienza el desarrollo de nubosidad convectiva.
A medida que las corrientes ascendentes ganan altura, pueden formarse nubes cumulonimbus, estructuras verticales asociadas con aguaceros, descargas eléctricas, ráfagas de viento y granizo. Así, una mañana que parece anunciar un día despejado puede contener parte de los ingredientes que, horas después, favorecen una tormenta.
La llegada de humedad es determinante. Estudios de la Universidad Nacional sobre la Sabana de Bogotá han señalado que cambios en la dirección de los vientos pueden transportar masas de aire húmedo desde el valle del Magdalena hacia la altiplanicie. Cuando estas masas convergen sobre la Sabana, pueden favorecer la formación de grandes nubes y precipitaciones.
La topografía agrega otra capa de complejidad. Los cerros Orientales, la Sabana y las diferencias entre el norte, sur, oriente y occidente hacen que la lluvia no se distribuya uniformemente.
Puede estar lloviendo con intensidad en una localidad mientras varios kilómetros más adelante permanece seco o incluso hay sectores con presencia de sol.
Por eso hablar del “clima de Bogotá” durante una tarde determinada puede resultar engañoso.
Una tormenta convectiva puede tener un comportamiento muy localizado. Mientras una zona recibe granizo y abundante precipitación, otra puede registrar apenas llovizna.
Los registros y estudios de largo plazo muestran además que la distribución de las lluvias de Bogotá está cambiando. Una investigación de la Universidad Nacional que examinó información entre 1970 y 2020 encontró señales de una reducción en el número de días lluviosos acompañada de un incremento de la intensidad de determinados episodios de precipitación.
El estudio plantea que las lluvias pueden presentarse durante periodos más cortos pero con mayor intensidad, un comportamiento relevante para la gestión de inundaciones y los sistemas urbanos de drenaje.
Ese fenómeno de largo plazo no debe confundirse con la explicación de una tormenta específica. El cambio climático describe tendencias durante décadas; no permite atribuir automáticamente un aguacero, una granizada o una tarde particularmente caliente a ese proceso.
Para explicar lo ocurrido en un día determinado es necesario observar humedad, temperatura, vientos, presión, nubosidad, circulación atmosférica y demás condiciones meteorológicas de ese momento.
La situación actual tiene además una característica que el propio Ideam ha subrayado: El Niño no significa ausencia absoluta de lluvia.
El fenómeno modifica probabilidades y patrones climáticos en escalas de semanas y meses, mientras el estado del tiempo de cada día depende de procesos atmosféricos que pueden producir precipitaciones incluso durante un periodo con tendencia general hacia menores acumulados.
De ahí que pueda haber días muy cálidos interrumpidos por aguaceros intensos.
Para octubre y noviembre, las autoridades mantienen especial atención sobre Bogotá porque son meses históricamente lluviosos.
La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres también confirmó que la segunda temporada de lluvias de Colombia se extiende normalmente desde mediados de septiembre hasta diciembre, con mayores precipitaciones durante octubre y noviembre en las regiones Andina, Caribe y Pacífica, aunque en 2026 su evolución está condicionada por El Niño.
El Ideam, entretanto, mantiene vigilancia diaria mediante imágenes satelitales, radares, estaciones meteorológicas y modelos numéricos. Su pronóstico nacional de tres días se actualiza diariamente, mientras el Boletín de Condiciones Hidrometeorológicas se actualiza cada seis horas para incorporar la evolución de las lluvias y de las alertas.
Esa actualización frecuente tiene sentido en una ciudad en la que las condiciones atmosféricas pueden cambiar rápidamente.
El episodio de este 5 de octubre dejó una imagen precisa de esa dinámica: temperaturas altas durante la mañana, humedad ingresando a la Sabana, desarrollo de nubosidad y posteriormente lluvias fuertes y granizo en sectores de la ciudad.
El Idiger reportó además caída de árboles, encharcamientos, inundaciones asociadas al reflujo de aguas y afectaciones en algunas cubiertas y estructuras livianas.
Las autoridades distritales advirtieron que episodios de lluvias intensas y granizadas pueden repetirse durante octubre y noviembre.
Por eso, el paraguas y las gafas de sol pueden terminar siendo necesarios el mismo día. Lo que los bogotanos perciben como un clima que cambia sin aviso tiene detrás la combinación de la segunda temporada lluviosa, la migración de la ZCIT, la circulación de los vientos, el transporte de humedad, el calentamiento diurno, los procesos de convección, la topografía de la Sabana y, este año, la influencia de El Niño.
En Bogotá, un cielo despejado al mediodía no garantiza una tarde seca. Durante octubre, incluso puede ser el comienzo de una secuencia atmosférica que termine pocas horas después bajo nubes oscuras, rayos, lluvia y granizo.
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