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La historia de Sasha Zverev: el tenista alemán que desafió la enfermedad y la polémica hasta conquistar Roland Garros
Obtuvo un icónico triunfo y su primer Grand Slam. Desde niño convive con diabetes tipo 1, que exige controles e insulina permanentes.
Cuando Alexander “Sasha” Zverev cayó de rodillas sobre la arcilla roja de Roland Garros este domingo, no solo estaba celebrando el primer título de Grand Slam de su carrera. También estaba cerrando una de las historias más complejas, accidentadas y persistentes que ha conocido el tenis contemporáneo.
Después de años de cargar con el rótulo de ser el mejor jugador del mundo sin un grande, el alemán finalmente levantó la Copa de los Mosqueteros tras derrotar al italiano Flavio Cobolli en una dramática final de cinco sets: 6-1, 4-6, 6-4, 6-7 y 6-1.
La victoria tuvo un significado histórico para Alemania. Zverev se convirtió en el primer tenista alemán en conquistar Roland Garros desde 1937, cuando Gottfried von Cramm ganó el torneo parisino antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Casi nueve décadas después, otro alemán volvió a levantar el trofeo sobre la tierra batida más importante del planeta.
La historia de Zverev comenzó mucho antes de las luces de París. Nació el 20 de abril de 1997 en Hamburgo, Alemania, en el seno de una familia marcada por el tenis.
Sus padres, Alexander Zverev Sr. e Irina Zvereva, habían sido jugadores profesionales en la entonces Unión Soviética antes de emigrar a Alemania.
Desde pequeño creció rodeado de raquetas, entrenamientos y conversaciones sobre competiciones. Su hermano mayor, Mischa Zverev, también desarrolló una carrera profesional en el circuito ATP y terminó convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de su formación deportiva.
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En casa lo llamaban “Sascha”, una variante rusa de Alexander. Ese apodo terminó acompañándolo durante toda su carrera. Mientras otros niños jugaban al fútbol en los parques de Hamburgo, él pasaba horas golpeando pelotas bajo la supervisión de sus padres. El tenis no era una actividad recreativa. Era prácticamente el idioma familiar.
Su talento apareció muy pronto. Durante la adolescencia comenzó a ser considerado una de las mayores promesas del tenis mundial.
Alcanzó el número uno del ranking juvenil y ganó el Abierto de Australia júnior en 2014. Ese mismo año empezó a llamar la atención en el circuito profesional al conquistar un torneo Challenger con apenas 17 años, convirtiéndose en uno de los campeones más jóvenes de la historia de esa categoría.
Los especialistas empezaron a hablar de él como el heredero natural de una generación legendaria encabezada por Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic.
Medía casi dos metros, poseía un servicio devastador, un revés considerado entre los mejores del circuito y una movilidad poco habitual para un jugador de su estatura. Todo parecía indicar que los grandes títulos llegarían rápidamente.
Sin embargo, la realidad fue distinta.
A medida que avanzaba en el circuito ATP, Zverev comenzó a construir una carrera llena de éxitos parciales y frustraciones mayores.
Ganó torneos Masters 1000, se consolidó entre los mejores jugadores del mundo y alcanzó el número dos del ranking ATP en 2022. También conquistó las ATP Finals en dos oportunidades, uno de los torneos más prestigiosos después de los Grand Slam.
Pero cuando llegaban los grandes escenarios, algo parecía bloquearlo.
La primera gran herida llegó en el US Open de 2020. Alcanzó su primera final de Grand Slam y estuvo a dos sets de convertirse en campeón.
Sin embargo, terminó perdiendo contra Dominic Thiem después de haber tomado una ventaja que parecía definitiva. Aquella derrota dejó una marca profunda en su carrera.
Un año después vivió uno de los momentos más brillantes de su trayectoria. En los Juegos Olímpicos de Tokio protagonizó una de las mayores sorpresas del tenis reciente al derrotar a Novak Djokovic en semifinales cuando el serbio perseguía el llamado “Golden Slam”.
Luego venció a Karen Khachanov en la final y conquistó la medalla de oro olímpica, convirtiéndose en el primer alemán en ganar el oro olímpico individual masculino en tenis.
Parecía que el gran salto estaba cerca.
Pero el destino le tenía preparada otra prueba.
El 3 de junio de 2022, durante una semifinal épica de Roland Garros frente a Rafael Nadal, Zverev sufrió una de las lesiones más dramáticas vistas en una cancha de tenis.
Mientras disputaba un punto cerca de la línea de fondo, su tobillo derecho se dobló violentamente. Los gritos de dolor recorrieron el estadio Philippe Chatrier. El alemán abandonó la pista en silla de ruedas tras romper varios ligamentos del tobillo. La imagen recorrió el mundo y muchos temieron por el futuro de su carrera.
La recuperación fue larga y dolorosa. Hubo cirugía, meses de rehabilitación y dudas constantes. En una disciplina donde unas pocas semanas de inactividad pueden alterar completamente una carrera, Zverev permaneció fuera de competencia durante gran parte de la temporada.
Sin embargo, volvió. Y regresó a la élite.
La resiliencia se convirtió en uno de los rasgos más destacados de su personalidad deportiva. Poco a poco recuperó posiciones en el ranking hasta reinstalarse entre los mejores del mundo. Volvió a disputar finales importantes y alcanzó nuevas instancias decisivas en torneos de Grand Slam.
A esa batalla deportiva se sumaba otra menos visible. Desde niño convive con diabetes tipo 1, una condición que exige controles permanentes y administración de insulina incluso durante los torneos. A pesar de ello, logró construir una carrera de élite en uno de los deportes físicamente más exigentes del mundo.
Durante distintos torneos ha sido visto controlando sus niveles de glucosa en medio de los partidos, una imagen que se convirtió en símbolo de disciplina y superación personal.
No obstante, la trayectoria de Zverev también ha estado marcada por controversias extradeportivas. Dos exparejas realizaron acusaciones de violencia doméstica en su contra.
El tenista negó reiteradamente todos los señalamientos. Uno de los casos derivó en un proceso judicial en Alemania que terminó con un acuerdo extrajudicial en 2024 sin que existiera una condena.
Las acusaciones continuaron generando debate dentro y fuera del tenis, acompañando buena parte de sus apariciones públicas y afectando su imagen ante un sector de la afición.
Esa dualidad —entre el deportista admirado por sus logros y el personaje cuestionado por las acusaciones— convirtió a Zverev en una de las figuras más complejas del deporte contemporáneo.
Cuando comenzó Roland Garros 2026, pocos dudaban de que tenía una oportunidad histórica. Novak Djokovic había quedado fuera de carrera. Carlos Alcaraz no participó debido a una lesión.
Jannik Sinner fue eliminado antes de las rondas finales. Por primera vez en muchos años, el cuadro parecía abrirse completamente para él.
Pero las oportunidades también generan presión. Durante dos semanas tuvo que convivir con el peso de las expectativas, con los recuerdos de sus derrotas anteriores y con la sensación de que quizás no habría otra oportunidad igual.
En la final frente al italiano Flavio Cobolli aparecieron todos sus fantasmas. Ganó el primer set con autoridad, perdió el segundo, volvió a adelantarse, dejó escapar el cuarto en el desempate y tuvo que disputar un quinto parcial cargado de tensión. Finalmente logró imponer su experiencia y cerró el partido con autoridad para conquistar el trofeo más importante de su carrera.
Las palabras que pronunció después del encuentro resumieron el significado de aquella victoria. Recordó que en esa misma cancha había vivido los mejores y los peores momentos de su carrera. Allí sufrió la lesión más grave de su vida deportiva. Allí perdió una final de Grand Slam. Y allí, finalmente, encontró la redención.
A los 29 años, después de más de una década en la élite, Alexander “Sasha” Zverev dejó de ser el eterno aspirante. Ya no es el jugador talentoso que prometía dominar el tenis mundial ni el campeón olímpico que buscaba completar su colección.
Tampoco el hombre perseguido únicamente por las derrotas en los grandes escenarios.
Desde este domingo en París, su nombre quedó inscrito para siempre entre los campeones de Roland Garros.
Y con ello cerró una espera que Alemania había soportado durante casi 90 años.
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