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Canacol en crisis: radiografía financiera de la empresa gasífera en venta con una deuda de US$747.5 millones
Estados financieros recientes de la empresa evidencian complejidad para los acreedores y la recuperación de recursos.
Durante años, Canacol Energy fue presentada como la historia exitosa del gas en Colombia: una productora independiente capaz de sostener contratos, crecer en reservas y convertirse en actor dominante en la región Caribe.
Esa imagen comenzó a resquebrajarse, y los estados financieros a septiembre de 2025 revelan que la empresa enfrenta la mayor crisis de liquidez de su historia. A esto se suma el anuncio de su venta con condiciones de presentación de carta de intención hasta el próximo 9 de marzo y oferta de formal vinculante el 6 de abril.
Pero detrás de las cifras aparece un conjunto de señales que, hiladas en secuencia, dibujan el deterioro profundo de una compañía atrapada entre la caída de sus ingresos, el peso creciente de su deuda y decisiones judiciales que comprometen recursos esenciales para su supervivencia.
La contabilidad muestra que el efectivo disponible se evaporó en menos de un año. La caja, que a finales de 2024 ascendía a 79,2 millones de dólares, se redujo a 36,5 millones en septiembre de 2025.
La empresa reconoció que, sin refinanciar su crédito más exigente, no tendría liquidez para operar más allá de noviembre. Y, en efecto, para ese mes el saldo cayó a apenas 18,3 millones.
Este nivel de efectivo, insuficiente incluso para cubrir obligaciones inmediatas, describe una situación conocida en finanzas como insolvencia técnica: cuando los activos de corto plazo ya no alcanzan para enfrentar los pasivos del mismo periodo y la operación empieza a depender de decisiones extraordinarias, como aplazar pagos o renegociar deuda.
Deudas
La deuda es la otra cara del desequilibrio. Canacol carga con 747,5 millones de dólares en obligaciones financieras: bonos internacionales —los Senior Notes— por 495 millones; una línea de crédito bancaria por 200 millones totalmente utilizada; y un préstamo de 43,7 millones con Macquarie que se convirtió en una bomba de tiempo.
Ese préstamo incluía una cláusula que se activaría si la producción de gas caía por debajo de un umbral pactado. El descenso en los pozos hizo lo demás.
A partir de septiembre de 2025 la empresa quedó obligada a pagar ocho cuotas mensuales de 6,25 millones de dólares, una exigencia incompatible con la liquidez disponible. Es, en términos prácticos, el peor momento para enfrentar un calendario de pagos acelerado.
El mercado lo entendió antes que nadie. Mientras los bonos de Canacol conservan un valor nominal de 495 millones, en el mercado secundario se transan por solo 176 millones.
Esa diferencia indica algo más que incertidumbre; expresa una percepción de riesgo extremo, propia de compañías que podrían entrar en reestructuración.
No es casual que la propia empresa calcule su deuda neta en 777,5 millones de dólares, más del doble de su patrimonio.
La operación tampoco ayuda. Entre enero y septiembre de 2025, los ingresos cayeron de 272,5 millones a 215,7 millones, un descenso del 21 %. La caída se concentra en la venta de gas, su negocio principal, que pasó de 257,8 millones a 204,7 millones.
Problemas
Canacol atribuye esta reducción a una cadena de eventos que la superó: restricciones de producción derivadas de episodios de fuerza mayor, una figura jurídica que se activa cuando un hecho externo e imprevisible impide operar con normalidad; dificultades en la infraestructura de transporte que elevaron los costos y limitaron el movimiento del gas; y la pérdida de un cliente crucial, VP Ingenergia, que dejó sin pagar 22,1 millones de dólares y a la vez desconoció las condiciones del contrato.
El litigio con ese cliente abrió otra grieta. Un tribunal doméstico ordenó que Canacol pagara 22 millones de dólares a VP, aun cuando la empresa sostiene que VP todavía le debe cerca de 25 millones.
La puja jurídica continúa, y Canacol confía en que un arbitraje internacional en curso —en el que reclama 76 millones— le dará la razón. Sin embargo, la prudencia contable impide registrar ese monto como ingreso potencial. En la práctica, la disputa bloquea recursos vitales en un momento en que la tesorería ya está agotada.
Las cuentas internas dejan ver un círculo vicioso. En los primeros nueve meses del año, la empresa pagó 55,3 millones en gastos financieros, incluyendo intereses y comisiones de deuda.
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Generó un flujo operativo de 136 millones, pero destinó 128,9 millones a inversiones mínimas necesarias para mantener su infraestructura productiva.
Esas inversiones, conocidas como CAPEX, son inevitables: sin ellas, los pozos declinan más rápido y la producción cae.
El problema es que, al realizarlas, la empresa quedó sin margen para atender la deuda. La operación produce lo suficiente para sostenerse a sí misma, pero no para pagar el peso del endeudamiento heredado.
A pesar de este deterioro, los estados financieros muestran una utilidad neta de 64,3 millones de dólares. La cifra, en apariencia positiva, proviene casi en su totalidad de un ingreso tributario extraordinario: la recuperación de 39 millones en impuesto diferido.
Este mecanismo contable permite revertir cálculos de impuestos proyectados a futuro cuando ciertas condiciones cambian; no genera dinero real ni corrige la situación operativa. Sin ese efecto, Canacol habría reportado pérdidas.
Líos con la utilidad
La utilidad, entonces, no cuenta la historia completa: es un alivio contable en medio de una tormenta financiera. El descenso de la producción es el origen silencioso de varias de estas tensiones.
Cuando el volumen de gas cae, también disminuyen los ingresos, la capacidad de cumplir con los convenios financieros y el margen para renegociar con los bancos.
Es un deterioro que se retroalimenta: menos producción implica menos flujo de caja; menos flujo de caja implica menos capacidad de invertir en pozos, lo que a su vez profundiza el declive productivo.
El propio informe financiero incluye una advertencia que pocas empresas formulan tan explícitamente. La administración reconoce que existen “incertidumbres materiales” sobre la capacidad de continuar operando como negocio en marcha.
En lenguaje contable, esta expresión es la antesala de un riesgo mayor: significa que la empresa ya no puede asegurar que tendrá los recursos suficientes para sostener su operación y cumplir sus obligaciones en el futuro cercano.
La caída de producción, el vencimiento del Term Loan sin refinanciación asegurada, el alto endeudamiento, la cotización deprimida de los bonos y la dificultad para acceder a nuevos créditos forman un panorama que compromete la solvencia.
La cartera de clientes también refleja la magnitud del problema. De los 36,1 millones de dólares que la empresa espera recibir, 22,1 millones —más del 60 %— corresponden a VP y están vencidos.
Esto significa que la mayor parte de sus cuentas por cobrar está en disputa o con riesgo de no pago. Para una empresa cuya crisis gira precisamente en torno a la falta de liquidez, este nivel de exposición es especialmente delicado.
Con todos estos elementos reunidos, la radiografía financiera de Canacol revela una empresa en deterioro estructural que depende de una refinanciación incierta.
La liquidez no alcanza para sostener operaciones más allá de semanas; la deuda, elevada y con vencimientos inmediatos, absorbe el margen operativo; los ingresos caen al ritmo de la producción; y las contingencias judiciales añaden incertidumbre.
Aunque la empresa presenta utilidades contables, la realidad subyacente muestra vulnerabilidad extrema y justifica su ingreso a un proceso de reestructuración.
Incluso si logra refinanciarse, el desafío será reconstruir la producción, el flujo de caja, la confianza jurídica y la capacidad de pago en un mercado de gas cada vez más competitivo y menos indulgente con los errores financieros.
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